Blogue de opinião e divulgação.

Sábado, 14 de Novembro de 2009
OMC aponta ilegalidade nas ajudas europeias à Airbus

 

Pode ser. Mas a situação colide directamente com as teorias do "mercado livre" que alguns defendem acerrimamente e que, pelo menos no discurso oficial e académico, têm norteado as políticas económicas dos governos do ocidente, que, por seu lado, não se cansam de as recomendar e até impor a vários países do mundo dito subdesenvolvido.
 


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Terça-feira, 1 de Setembro de 2009
A ciência económica vai nua?

 

Esta crise é também um colapso teórico, uma falência de um modo de ver. A má teoria é um elemento central da crise

A teoria económica dominante é profundamente insensível à realidade. Constitui, em geral, uma abstracção desatenta e trata os acontecimentos difíceis como um problema que não é dela
João Ferreira do Amaral é professor do ISEG; Manuel Branco é professor da Universidade de Évora; Sandro Mendonça é professor do ISCTE; Carlos Pimenta é professor da Universidade do Porto e José Reis é professor da Universidade de Coimbra.
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Sexta-feira, 19 de Junho de 2009
A Economia, uma ciência? Ou simples política?

 

General Motors, ¿caída de un sistema?

El gigante norteamericano General Motors se ha declarado en quiebra. Toca fondo una de las empresas con más éxito de la historia que llegó a convertirse en icono del sueño americano. El catedrático de Economía Aplicada de la US, Juan Torres López, analiza el tema desde otra perspectiva.
General Motors, ¿caída de un sistema?De sus plantas salieron más de 450 millones de vehículos en un siglo de vida. Poder comprar un Chevrolet, Cadillac, Pontiac, Oldsmobile, era un signo de distinción, poder y prestigio. GM era un símbolo para los norteamericanos que además se beneficiaban con la visión de la empresa que aseguraba “tener un coche para cada bolsillo”.

 

Coches grandes, de elevado consumo y poco prácticos que no se ajustaron a las necesidades de un mercado que hace tiempo había entrado en crisis. Como consecuencia los compradores estadounidenses desaparecieron de los concesionarios, cayeron las ventas y con ello también uno de los símbolos del sueño americano.

-General Motors (GM) era un símbolo para el pueblo americano y llegó a ser la industria de referencia para el resto del mundo. ¿Qué supone la caída de este gigante industrial?


-Verdaderamente, es un icono. Siempre se decía que lo que era bueno para GM lo era para Estados Unidos. Ahora, su quiebra es también en cierta medida, la expresión de la quiebra del capitalismo imperial que la ha alimentado siempre.


Por otra parte, el hecho de que se permita que los fondos de pensiones de los trabajadores de GM se utilicen para pagar a los bancos, es una muestra de la sinvergonzonería con que se está haciendo frente a la crisis financiera; del poder desmesurado de los bancos, de sus privilegios, de su inmoral comportamiento... y, por supuesto, de la complicidad de los gobiernos con todo ello.

-Hace años que la compañía acumulaba pérdidas millonarias y aún así, siguió fabricando sus típicos coches grandes y caros. ¿Un nefasto modelo de gestión solamente?


-También demuestra lo difícil que es virar en un modelo productivo que muy dificilmente contempla el largo plazo. Y los problemas de la elefantiasis. Los imperios, -y GM en cierta forma lo era en un sector-, son lentos, viven de la inercia y esa suele ser también la causa de su inevitable declive.

-Hablamos del tercer caso de bancarrota en EEUU -después de Lehman Brothers y WorldCom-.¿Cómo afectará esto a este país y qué consecuencias traerá para el resto?


-Paradójicamente, a corto plazo tendrá efectos positivos porque ayuda a los bancos y hace como mesa limpia en el sector. Naturalmente, pagan los trabajadores. A medio plazo, otras empresas del sector se harán con ese mercado.

“El hecho de que se permita que los fondos de pensiones de los trabajadores de GM se utilicen para pagar a los bancos es una muestra de la sinvergonzonería con que se está haciendo frente a la crisis financiera, del poder desmesurado de los bancos, de sus privilegios, de su inmoral comportamiento... y, por supuesto, de la complicidad de los gobiernos con todo ello”.

-La respuesta de Obama sigue siendo la de rescatar a estas empresas privadas con fondos públicos. ¿Por qué el ciudadano tiene que pagar por partida doble esta crisis, cuando estas mismas empresas vetaron en su día el poder de regulación y vigilancia del Estado? ¿Es que siempre le toca pagar al contribuyente?


-Porque esas empresas y los bancos tienen el poder suficiente como para imponer sus preferencias a los gobiernos y para obligarles a que hagan lo que les piden. Manda quien tiene dinero, no los gobiernos.

-El presidente del Banco Mundial señalaba recientemente que después de la crisis financiera y económica, vendría la gran crisis del desempleo. Advertía que si no se tomaban medidas, este hecho podría derivar en una grave crisis humana y social. ¿Nos encontramos ante esa “tercera crisis”? ¿Con qué consecuencias?


-Ojalá fuese así y los ciudadanos del mundo dieran un golpe en la mesa para decir NO al robo y al crimen que está provocando cada vez más pobreza y hambre, para salvar las cuentas de los ricos. Pero ellos también tienen los medios de comunicación y han logrado endeudar y esclavizar a las gentes y atontarlas. No creo que se den esas reacciones positivas, salvo que los movimientos progresistas -desde los socialdemócratas a la izquierda radical-, converjan en principios éticos y en propuestas de mínimos para parar esta barbarie. De lo contrario, que me parece lo más probable, lo que creo que aumentará serán las corrientes de extrema derecha.

Revista FUSION
 


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Quinta-feira, 18 de Junho de 2009
Queixam-se dos salários, nunca dos lucros

 

Os nossos mercadores queixam-se frequentemente dos elevados salários britânicos, apontando-oss como a causa de as suas mercadorias não serem vendidas a um preço inferior nos mercados externos; mas não se pronunciam acerca dos elevados lucros do capital. Queixam-se dos ganhos exorbitantes dos outros, mas nada dizem sobre os seus próprios ganhos. Os elevados lucros do capital britânico, contudo, podem contribuir para a subida do preço das manufacturas britânicas, em muitos casos tanto, e nalguns até mais, quanto os elevados salários do trabalho britânico. Smith, Adam, A Riqueza da Nações, vol. II, p. 156, Lisboa, Fundação Calouste Gulbenkian
Não consta que governantes e teóricos, que se reivindicam de seguidores de Adam Smith, gostem muito de lembrar estas palavras.
 


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Segunda-feira, 2 de Março de 2009
“El sistema que salga de la crisis será muy diferente”

 

ENTREVISTA: IMMANUEL WALLERSTEIN, PENSADOR, ESCRITOR Y ‘CIENTÍFICO SOCIAL’ ESTADOUNIDENSE

Iñigo Errejón / Pablo Iglesias (Madrid)

 

La crisis económica mundial y el desastre del sistema capitalista plantean, a juicio de Wallerstein, una disyuntiva en la que la humanidad deberá decidir qué rumbo tomar.

WALLERSTEIN. Para este teórico de las ciencias sociales, la crisis estructural que vivimos desembocará en un escenario desconocido.

DIAGONAL: Nos interesa particularmente tu visión sobre las esperanzas que debamos albergar hacia el mandato de Obama, y en qué medida su victoria puede ser interpretada en relación a la crisis de hegemonía norteamericana y a la percepción generalizada de esa crisis.


IMMANUEL WALLERSTEIN: Es positivo que Obama haya llegado a la presidencia de Estados Unidos, pero no va a significar en modo alguno un cambio sustancial. Actuará de forma más inteligente que su predecesor, lo cual tampoco es difícil. La administración Bush, con su militarismo derechista, ha precipitado el declive de la hegemonía norteamericana en el sistema interestatal. Frente a eso, Obama puede comprender la situación y avanzar hacia un mundo bipolar, pero en ningún caso podría rehacer América en el sentido de reinstaurar la hegemonía de EE UU, que ya no volverá. Por otra parte, ante la comprensión de los profundos problemas que afronta la sociedad norteamericana, Obama emerge como símbolo ilusionante para la gran mayoría del país, incluso con una altísima popularidad en otros países. Obama aglutina a un electorado muy amplio, que va desde la izquierda (salvo algunos grupos minoritarios) hasta el centro-derecha, y no podrá responder a las expectativas de todos, ni oponerse frontalmente a los retos sistémicos que desbordan en todo caso su capacidad de acción. Se trata de un hombre joven, inteligente y bien formado. Además es afroamericano, lo cual constituye un símbolo que no puede olvidarse, de extrema importancia. Todo esto es positivo, pero no es suficiente. Hay que ser realistas al respecto, y contextualizar las posibilidades de cambio realmente existentes. Obama es el mejor presidente que Estados Unidos podría tener en estos momentos, pero no deja de ser el presidente de Estados Unidos, una potencia hegemónica en declive en un sistema-mundo en crisis estructural.

 

D.: ¿En qué medida las turbulencias sistémicas que vivimos pueden producir una mutación del capitalismo? ¿Marcan éstas, por el contrario, un límite definitivo del capitalismo como sistema histórico?


I.W.: Para leer correctamente la etapa histórica en la que nos encontramos, tenemos que distinguir entre las dinámicas de continuidad y las de ruptura, entre lo normal y lo excepcional. Lo normal es el colapso del modelo especulativo que hemos vivido, que se corresponde con una Fase B en los ciclos de Kondratieff que describen las dinámicas de largo plazo en la acumulación capitalista. Lo excepcional es la transición que desde hace 30 años venimos viviendo, desde el sistema-mundo capitalista hacia otra formación sociohistórica. A mi juicio podemos estar seguros de que en 30 años no viviremos en el sistema-mundo capitalista. En ese sentido, con la crisis coyuntural del capitalismo, converge una crisis estructural, un declive histórico del sistema- mundo. En eso se distingue esta fase de recesión económica mundial de otras anteriores: el nuevo sistema social que salga de esta crisis será sustancialmente diferente. Si evolucionará en un sentido democrático e igualitario o reaccionario y violento es una cuestión política y por tanto abierta: depende del resultado del conflicto entre lo que llamo “el espíritu de Davos” y “el espíritu de Porto Alegre”. En otras palabras, de la inteligencia y el éxito político de los movimientos antisistémicos.

 

D.: Dada la importancia que han tenido las llamadas “externalidades”, las apropiaciones privadas no pagadas de bienes comunes tales como los recursos naturales y ecológicos, ¿cómo valoras el intento de Obama y de su administración de abrir un nuevo proceso de expansión a través de un “capitalismo verde”?


I.W.: Obama tiene como virtud su inteligente apreciación del problema ecológico. Lo que pueda hacer al respecto, sin embargo, está condicionado por los nombramientos que ha hecho y por sus escasas posibilidades de cooperación con otros países en este sentido, dentro de un marco general de pragmatismo. Sea como sea, el problema es enorme y escapa a las hipotéticas políticas medioambientales de un gobierno, incluso del estadounidense. Es necesario un cambio de modelo productivo y, más allá, civilizatorio. Debemos vivir de otra forma, aprovechar la transición hacia otro sistema para optar por algo diferente. La ciudadanía estadounidense, como la española, suele percibir las amenazas actuales casi en exclusiva como reducción de su nivel de vida, mientras que corremos el riesgo global, en los países ricos tanto como en los pobres, de vivir en un mundo ecológicamente destruido, que haga peligrar la supervivencia colectiva.

 

D.: ¿Puede abrir el declive de la hegemonía norteamericana un espacio para la emergencia de la UE como primera potencia mundial?


I.W.: Europa tiene cierta autonomía política, pero atraviesa un período muy complejo por tendencias muy diferentes que se están dando en su interior. La crisis financiera está poniendo todavía más difícil el proceso de construcción europea (imprescindible para que pueda competir como potencia mundial). El colapso económico que se está haciendo visible en Grecia, Italia, España, Islandia, etc., está generando tendencias proteccionistas muy serias. Veremos si Europa puede afrontar las circunstancias actuales. El proceso de construcción de la UE se ha complicado con su expansión a los países del Este y ahora está pagando el precio.

 

D.: ¿De qué manera puede impactar la crisis en las experiencias de giro a la izquierda en Latinoamérica?


I.W.: Lo más positivo de la presidencia de Bush fue constituir el mejor estímulo para la integración latinoamericana. No es casual que en estos años hayan surgido presidentes más o menos de izquierdas en 11 o 12 países de la región. Es sencillamente impresionante. El hecho de que EE UU esté tan enfangado en Oriente Medio, hace que carezca de la capacidad militar, política y económica para interferir en la política latinoamericana. Actualmente, América Latina ejerce un papel político autónomo y éste es un hecho irreversible. Esta claro que la política de Chávez no es la de Bachelet, ni tampoco la de Lula, pero, sea como sea, América Latina es una fuerza geopolítica independiente en la que Brasil es, sin duda, el primus inter pares, como demuestran los éxitos en su política exterior. Ejemplo de ello ha sido su papel, crucial, en las reuniones de Unasur, del Grupo de Río, etc., que constituyen una verdadera declaración de independencia. Por desgracia, el papel exterior, que juzgo positivo, no ha ido acompañado de una política interna más de izquierdas.

 

D.: Los trabajadores migrantes se están convirtiendo en el chivo expiatorio de los comportamientos políticos más reaccionarios. ¿Cómo enfocas este problema?


I.W.: La inmigración, que prefiero llamar migración, no sería un problema en un mundo relativamente igualitario, pues la mayor parte de la gente prefiere vivir donde ha nacido o, en todo caso, donde tiene vínculos culturales de pertenencia. Quienes migran lo hacen para mejorar su situación económica y política, y los empresarios se benefician de ese caudal de mano de obra comparativamente más barata que la de los países receptores. El problema de las migraciones no puede ser resuelto dentro de este sistema, ni en los marcos estatales o con actuaciones policiales, pues es provocado por la inmensa polarización económica, social y política en el mundo. Hasta que no desaparezca ésta, no tendremos soluciones definitivas al problema de las migraciones.

 

D.: ¿Cuáles son los signos más esperanzadores en clave de emancipación y cuáles los peores indicadores de posibles involuciones reaccionarias o de mayor violencia sistémica?


I.W.: La situación más positiva proviene de América Latina. Por contra, donde encuentro más peligros en el plano geopolítico es en Pakistán. Obama se está equivocando con su política hacia este país. El Gobierno pakistaní, siguiendo las presiones de EE UU, puede provocar una situación peligrosa. No hay que olvidar que Pakistán es un país con armamento nuclear en tensión permanente. La política de Obama no está bien pensada para Pakistan. Obama quiere mostrarse fuerte y duro. Para mí es un error. Habrá que estar atentos a la evolución de los acontecimientos en los próximos meses.

Entrevista completa
Breves notas biográficas
El neoyorquino Immanuel Wallerstein (1930) es autor de El moderno sistema-mundo, obra en tres volúmenes que aporta un modelo interpretativo basado tanto en el marxismo como en las teorías acerca de la economía mundial de Fernand Braudel. El tercer punto ideológico en el que se basa la teoría del sistema-mundo es la Teoría de la Dependencia que establece la división duradera del mundo en núcleo, semi-periferia y periferia. Wallerstein rechaza la idea convencional de ‘Tercer mundo’ ya que, a su juicio, el intercambio económico crea una red compleja de relaciones. Cada mes publica sus Comentarios sobre la actualidad del mundo globalizado.
Immanuel Wallerstein es la principal figura del análisis de sistemasmundo, quizá la perspectiva teórica de inspiración marxista más influyente en las ciencias sociales desde los ‘70. Estuvo en Madrid y Barcelona invitado por la Universidad Nómada. Tras participar, de la mano de la Asociación Universitaria Contrapoder, en un acto en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Complutense que contó con la asistencia de más de 600 personas entre estudiantes y profesores, tuvo unos minutos para responder a las preguntas de este periódico.
 


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Domingo, 8 de Fevereiro de 2009
Uma visão da Economia

 

 

 


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Segunda-feira, 24 de Novembro de 2008
Los siete déficits mortales

 

23/11/08             Joseph Stiglitz

Cuando el president George W. Bush asumió el cargo, el grueso de los descontentos con unas elecciones robadas se consolaron con esta idea: dado nuestro sistema de controles y equilibrios políticos, ¿cuánto dañó puede hacer? Ahora lo sabemos: mucho más de lo que podían imaginar los peores pesimistas. Desde la guerra de Irak hasta el colapso de los mercados crediticios, las pérdidas financieras apenas resultan concebibles. Y detrás esas pérdidas aún hay que contar las oportunidades perdidas, todavía mayores.

 

Tomados de consuno los dineros despilfarrados en la guerra, los dineros despilfarrados en un esquema inmobiliario piramidal que empobreció a los más y enriqueció a unos pocos y los dineros que se esfumaron con la recesión, el hiato entre lo que podríamos haber producido y lo que realmente produjimos fácilmente rebasará el billón y medio de dólares. Piensen lo que habría podido hacerse con esa suma para proporcionar asistencia sanitaria a quienes carecen de seguro médico, para mejorar nuestro sistema educativo, para desarrollar tecnologías verdes… La lista es infinita.

 

Y el verdadero coste de las oportunidades perdidas es todavía mayor. Piensen en la guerra. Están, para empezar, los fondos directamente asignados a ella por el gobierno (unos 12 mil millones de dólares mensuales, y eso aceptando las estimaciones confundentes de la administración Bush). Pero es que son mucho mayores todavía, como ha documentado en su libro La guerra de los tres billones de dólares Linda Bilmes, de la Kennedy School, los costes indirectos: las remuneraciones que han dejado de ganar los heridos o los muertos o la actividad económica desplazada (de, pongamos por caso, gastar en hospitales norteamericanos a gastar en empresas nepalesas de seguridad). Esos factores sociales y macroeconómicos podrían llegar a montar más de 2 billones de dólares en el cómputo total de los costes de la guerra.

 

Pero hay un haz de luz en esos negros nubarrones. Si logramos zafarnos de la pesadumbre, si conseguimos pensar más cuidadosa y menos ideológicamente sobre la manera de robustecer nuestra economía y hacer de la nuestra una sociedad mejor, tal vez podamos adelantar algo en el planteamiento y solución de los enconados problemas que venimos arrastrando.

 

El déficit de valores.- Uno de los puntos fuertes de Norteamérica es su diversidad, y siempre ha habido una diversidad de puntos de vista incluso respecto de nuestros principios fundamentales (la presunción de inocencia, el mandato de habeas corpus, el imperio de la ley). Pero –o eso creíamos, al menos— quienes discrepaban de esos principios constituían una pequeña franja marginal, fácilmente ignorable. Ahora hemos aprendido que esa franja no es tan minúscula y que, entre sus miembros, se cuentan el actual presidente y los dirigentes de su partido. Y esa división en los valores no podía haber llegado en peor momento. Percatarse de que podríamos tener menos en común de lo que pensábamos puede dificultar la resolución de problemas que tenemos que encarar juntos.

 

El déficit climático.- Con ayuda de cómplices como ExxonMobil, Bush trató de persuadir a los norteamericanos de que el calentamiento global era una ficción. No lo es, y hasta la administración ha terminado por admitirlo. Pero no hicimos nada durante ocho años, y los EEUU contaminan más que nunca; un retraso que pagaremos carísimo.  

 

El déficit de igualdad.- En el pasado, aun si los que estaban abajo recibían pocos, si alguno, de los beneficios de la expansión económica, la vida se percibía como un sorteo equitativa. Las historias de quienes se hacían a sí mismos eran parte de las señas de identidad norteamericanas. Pero la vieja promesa de Horatio Alger suena hoy falsa. La movilidad ascendente se ha hecho cada vez más difícil. Las crecientes divisiones de ingreso y de riqueza han sido reforzadas por una legislación fiscal que premia a los afortunados en la azarienta lotería de la globalización. Destruida aquella percepción, será todavía más difícil encontrar una causa común.

 

El déficit de responsabilidad.- Los reyezuelos del mundo financiero estadounidense justificaban sus astronómicas remuneraciones apelando a su pretendido ingenio para generar grandes beneficios, supuestamente derramados sobre el país entero. Ahora, los reyes andan desnudos. No supieron gestionar el riesgo; antes bien, sus acciones exacerbaron el riesgo. El capital no fue correctamente asignado; se malgastaron centenares de miles de millones, un nivel de ineficiencia mucho mayor que el que la gente se ha acostumbrado a atribuir al Estado. Sin embargo, los reyezuelos se largaron con centenares de millones de dólares de los contribuyentes, de los trabajadores, y el conjunto de la economía tuvo que pagar la cuenta.

 

El déficit comercial.- En el curso de la pasada década, el país ha venido tomando préstamos a gran escala en el extranjero: sólo en 2007, unos 739 mil millones de dólares. No es difícil descubrir por qué: con un gobierno incurriendo en enormes deudas y unos hogares norteamericanos sin apenas capacidad de ahorro, no había otro sitio donde pedir. Los EEUU han estado viviendo de dinero y de tiempo prestados, y ha llegado la hora del vencimiento. Acostumbrábamos a dar lecciones de buena política económica a los demás. Ahora los demás se parten de risa a nuestras espaldas, y de cuando en cuando, hasta nos dan lecciones.  Hemos tenido que ir a mendigar a los fondos soberanos de riqueza (la riqueza excedente que otros gobiernos han acumulado y que pueden invertir fuera de sus fronteras). Retrocedemos ante la idea de que nuestro gobierno se haga con un banco, pero parecemos aceptar de grado la idea de que los gobiernos extranjeros puedan convertirse en accionistas de referencia de algunos de nuestros bancos más emblemáticos, instituciones cruciales para nuestra economía. (Tan cruciales, en efecto, que hemos dado un cheque en blanco a nuestro Tesoro para rescatarlas.)

 

El déficit fiscal.- Gracias, en parte, a un gasto militar desapoderado, en sólo ocho años nuestra deuda nacional se ha incrementado en dos tercios, pasando de 5,7 billones a más de 9,5 billones de dólares. Pero, por espectaculares que resulten, esos números subestiman por mucho las verdaderas dimensiones del problema. Aún tienen que presentarse a cobro muchas facturas de la Guerra de Irak, incluidas las que incorporan los costes de asistencia a los veteranos heridos, y esas facturas podrían representar unos 600 mil millones de dólares. El déficit federal de este año probablemente añadirá otro medio billón a la deuda nacional. Y todo eso, sin contar con los dineros desembolsados por la Seguridad Social y por Medicare para asistir a los baby boomers.

 

El déficit de inversión.- Las cuentas del Estado son distintas de las cuentas del sector privado. Una empresa que tome dinero prestado para realizar una buena inversión verá su balance contable mejorado, y sus ejecutivos serán aplaudidos. Pero en el sector público no hay balance contable, y por lo mismo, demasiada gente se centra miopemente en el déficit. En realidad, las inversiones públicas sabias proporcionan retornos mucho más elevados que la tasa de interés que el Estado paga por su deuda; a largo plazo, las inversiones ayudan a reducir los déficits. Recortar esas inversiones es proceder al modo del ahorrador de salvado y desperdiciador de harina, como pudo verse con los diques de Nueva Orleáns y con los puentes de Mineápolis.

 

***

Más allá de la simple incompetencia, hay dos posible hipótesis para explicar por qué los republicanos prestaron tan poca atención a la creciente debacle presupuestaria. La primera es, sencillamente, que confiaron en la teoría económica del lado de la oferta, en la creencia de que, de uno u otro modo, la economía crecería tanto con unos impuestos bajos, que los déficits serían efímeros. Esa idea se ha revelado como lo que es, una ilusión fantasiosa.

 

La segunda hipótesis es que, permitiendo un déficit cada vez más hinchado, Bush y sus aliados esperaban forzar una reducción del tamaño del Estado. Lo cierto es que la situación fiscal ha llegado a cobrar unas proporciones tan alarmantes, que muchos demócratas responsables están comenzando ahora a hacerles el juego a los republicanos empecinados en “asfixiar a la bestia pública”, y llaman a un drástico recorte del gasto público. Pero, preocupados como están los demócratas por parecer demasiado tibios en materia de seguridad –y por lo mismo, resueltos a considerar sacrosanto el presupuesto militar—, resulta harto difícil recortar gastos sin cercenar las inversiones más importantes para resolver la crisis.

 

La tarea más perentoria del nuevo presidente será restaurar el vigor de la economía. Dado el volumen de nuestra deuda nacional, es particularmente importante cumplir esa tarea de manera que se maximicen los resultados de cada dólar gastado, al tiempo que se ataca al menos uno de los déficits capitales. Los recortes fiscales funcionan –si funcionan— incrementando el consumo, pero el problema de Norteamérica es que padece un atracón de consumo; prolongar el atracón no hará sino posponer la solución de los problemas más profundos. A medida que los ingresos se desploman, los estados y los municipios tendrán que hacer frente a restricciones presupuestarias, y a menos que se haga algo, se verán obligados a recortar el gasto, lo que no hará sino ahondar en el declive. A nivel federal, necesitamos gastar más, no menos. Hay que reconfigurar la economía para adaptarse a las nuevas realidades (incluido el calentamiento global). Necesitaremos más trenes de alta velocidad y plantas energéticas más eficientes. Esos gastos estimulan la economía, al tiempo que sientan las bases para un crecimiento sostenible a largo plazo.

 

Sólo hay dos formas de financiar esas inversiones: aumentar los impuestos o recortar otros gastos. Los norteamericanos de ingresos altos pueden perfectamente permitirse pagar más impuestos, y muchos países europeos han triunfado, no a pesar de tener una fiscalidad elevada, sino precisamente por tenerla: es lo que les ha permitido invertir y competir en un mundo globalizado.

 

Huelga decir que habrá resistencia al aumento de impuestos, de manera que el foco de atención se moverá hacia los recortes. Pero nuestros gastos sociales son ya tan esqueléticos, que hay poco que ahorrar. En realidad, descollamos entre las naciones industrializadas avanzadas por lo inadecuado de nuestras protecciones sociales. Los problemas, por ejemplo, del sistema de asistencia sanitaria en los EEUU saltan a la vista: resolverlos no es sólo cuestión de mayor justicia social, sino también de mayor eficiencia económica. (Unos trabajadores más sanos son unos trabajadores más productivos.) Y eso deja sólo un área económica importante disponible para recortar gastos: la defensa. Nuestros gastos representan la mitad de los gastos militares mundiales, con un 42% de los dólares del contribuyente que se destinan, directa o indirectamente, a defensa. Incluso los gastos militares no bélicos se han disparado. Con tanto dinero gastado en armamento inútil contra enemigos que no existen hay mucho margen para incrementar la seguridad, al tiempo que se recortan los gastos en defensa.

 

La buena nueva en todo este horizonte de malas noticias económicas es que nos estamos viendo obligados a morigerar nuestro consumo material. Si lo hacemos de forma adecuada, eso ayudará a mitigar el calentamiento global, y acaso contribuirá también a despertar la consciencia de que un mayor nivel de vida también es más ocio, no sólo más bienes materiales.

 

Las leyes de la naturaleza y las leyes económicas son implacables, y no perdonan. Podemos abusar de nuestro medio ambiente, pero sólo por un tiempo. Podemos gastar por encima de nuestros medios, pero sólo por un tiempo. Podemos gorronear a cuenta de nuestras inversiones pasadas, pero sólo por un tiempo. Ni siquiera el país más rico del mundo puede ignorar las leyes de la naturaleza y las leyes económicas, si no es en daño propio.

Joseph Stiglitz es profesor en la Universidad de Columbia, ganador del Premio Nobel de Economía en 2001 y coautor de The Three Trillion dollar War.

Traducción para www.sinpermiso.info: Ricardo Timón

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Mother Jones, Noviembre/Diciembre 2008
 


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Sábado, 22 de Novembro de 2008
Porque falham os peritos?

 

Lo que va de 1929 a 2008: registro de despropósitos de los “expertos” para merecido descrédito de la teoría económica ortodoxa
Sasan Fayazmanesh                                                                                16/11/08            
"¿Por qué se equivocaron tanto los expertos? En general, se equivocaron porque la teoría económica es una disciplina científicamente subdesarrollada, desvergonzadamente dominada por la pura ideología. La escuela imperante de pensamiento económico durante la Gran Depresión era, y sigue siéndolo a día de hoy, la escuela "neoclásica" o marginalista. Pero en el mundo "neoclásico" no existen cosas parecidas a las crisis. No habita en el mundo real en que vivimos, sino en un mundo sin clases sociales, compuesto de "consumidores" y "productores"; un mundo armonioso, modelado por lo general con instrumentos procedentes de la física matemática. En ese mundo no hay historia; no hay pasado, no hay presente, no hay futuro. En ese mundo nunca sucede nada importante, y desde luego ningún acontecimiento catastrófico. Ese mundo marginalista irreal, insípido y a-histórico debería haber sido abandonado hace mucho tiempo, particularmente después de la Gran Depresión. Sin embargo, su apariencia de elegancia matemática, ligada a su integrista y descarada defensa del capitalismo, o del "libre mercado", según prefieren sus partidarios, lo ha mantenido con vida."

Una reciente invitación a hablar sobre "la causa o las causas de la actual crisis financiera", me llevó a meditar sobre otro asunto: la causa o las causas de la Gran Depresión. Hasta el día de hoy, no hay ningún consenso entre los economistas en lo tocante a las causas de la grave depresión que duró desde 1920 hasta 1939. ¿Fue el desplome del mercado de valores en 1929 lo que trajo consigo la Gran Depresión? ¿Fueron el consiguiente pánico bancario y la contracción monetaria? ¿Fue acaso la reducción del crédito internacional y las políticas proteccionistas practicadas por los EEUU –como la Ley Smooth-Hawley— lo que causó la Gran Depresión? ¿O acaso fue causada la "gran contracción", como solía llamarla Milton Friedman (1), por las medidas de la Reserva Federal, que permitieron un descenso de la oferta de dinero, en parte para preservar el patrón oro? Todas esas explicaciones son, ni que decir tiene, ad hoc.

 

Lo cierto es que los "cerebros" económicos de los años 20, los pretendidos "expertos", ni lograron pronosticar el desastre venidero, ni, una vez desatado, consiguieron predecir correctamente su magnitud y su duración. En su libro de 1984, Hablan los expertos: el compendio definitivo de la ignorancia con sello de autoridad  [The Experts Speak: The Definitive Compendium of Authoritative Misinformation], Christopher Cerf yVictor Navasky mencionan muchas predicciones y comentarios de "expertos" económicos durante la Gran Depresión. (2) Entre ellos, los que siguen. El 17 de Octubre de 1929, siete días antes del crac bursátil del Martes Negro, Irving Fisher, el gurú de la teoría económica ortodoxa, profesor de economía en la Universidad de Yale, escribía: "Las acciones han alcanzado lo que se diría es un nivel de cotización permanentemente alto". Fisher, el "experto económico", no se detuvo aquí. Luego del crac, el 14 de Noviembre de 1929, escribía: "El final del bajón del mercado de valores … no se hará probablemente esperar, a lo sumo, unos pocos días más". Un año después del crac, y nueve años antes del fin de la depresión, Fisher todavía se avilantaba a predecir: "Al menos de cara al futuro,  las perspectivas son brillantes". En 1933, la inversión neta ya era negativa, la producción de bienes y servicios había caído un tercio, la tasa de desempleo había subido un 24%, los salarios y los precios monetarios habían caído un tercio, cerca del 40% de todos los bancos habían colapsado y las acciones habían perdido el 90% de su valor. Tal era el "brillante" futuro augurado por el eminente profesor de teoría económica.

 

Fisher, sin embargo, no fue el único "experto" suministrador de ignorancia con sello de autoridad. El consejero presidencial y "experto" en mercados de valores Bernard Baruch hizo la siguiente predicción el 15 de Noviembre de 1929: "La tormenta financiera amainó definitivamente". Análogamente, el presidente del Banco Continental de llinois en Chicago, Arthur Reynolds, predijo el 24 de Octubre de 1929 que "el crac no tendrá mucho efecto en el mundo de los negocios". Y para no quedarse corto ante esos "expertos", Thomas C. Shotwell escribió un "Análisis de Wall Street" para el World Almanac de 1929 en el que se podia leer: "El mercado está siguiendo leyes económicas naturals y no hay razón para que la propsperidad y el Mercado no continúen durante años a este mismo nivel, o incluso a un nivel todavía más elevado". Los expertos del gobierno no se quedaron muy a la zaga.  El Departamento estadounidense de Trabajo predijo en Diciembre de 1929 que el siguiente año sería "un año espléndido para el empleo".

 

Es verdad que siempre hay quien predice "siete de las dos pasadas recesiones", como reza el chiste. La Gran Depresión no fue una excepción. El New York Times del pasado 12 de Octubre de 2008, que reproducía varias de las citas antes mencionadas, añadía: "Evidentemente, no todo el mundo era tan optimista". De acuerdo con el NYT, "Roger Babson, un conocido hombre de negocios y editor de estadísticas económicas y financieras", dio una voz de alerta en un discurso pronunciado el 5 de Septiembre de 1929 ante una conferencia empresarial: "Hay más prestatarios y especuladores hoy que nunca en nuestra historia. Tarde o temprano vendrá un crac, y puede ser terrorífico. Sabiamente proceden los inversores que salen ahora de deudas y venden". Pero como el propio NYT señala, un año antes, el mismo Babson había dicho que "la elección de Hoover y un Congreso con mayoría republicana tendrían que resultar en la continuación de la prosperidad en 1929".

 

¿Por qué se equivocaron tanto los expertos? En general, se equivocaron porque la teoría económica es una disciplina científicamente subdesarrollada, desvergonzadamente dominada por la pura ideología. La escuela imperante de pensamiento económico durante la Gran Depresión era, y sigue siéndolo a día de hoy, la escuela "neoclásica" o marginalista. Pero en el mundo "neoclásico" no existen cosas parecidas a las crisis. No habita en el mundo real en que vivimos, sino en un mundo sin clases sociales, compuesto de "consumidores" y "productores"; un mundo armonioso, modelado por lo general con instrumentos procedentes de la física matemática. En ese mundo no hay historia; no hay pasado, no hay presente, no hay futuro. En ese mundo nunca sucede nada importante, y desde luego ningún acontecimiento catastrófico. Ese mundo marginalista irreal, insípido y a-histórico debería haber sido abandonado hace mucho tiempo, particularmente después de la Gran Depresión. Sin embargo, su apariencia de elegancia matemática, ligada a su integrista y descarada defensa del capitalismo, o del "libre mercado", según prefieren sus partidarios, lo ha mantenido con vida. Huelga decir que desde los días de la Gran Depresión la teoría neoclásica ha sido enmendada aquí y allí con algunas ideas tomadas del aristócrata británico John Maynard Keynes, ideas que trataban de enriquecer con ciertas dosis de realidad a una teoría de todo punto irreal. Pero el resultado de la llamada "síntesis neoclásica" o "neokeynesianismo" no es más que una amalgama de ideas dispersas, confusas e incoherentes que sirven como pasto a los estudiantes de teoría económica bajo la rúbrica de "micro" y "macroeconomía".

 

Esa triste situación no fomenta precisamente el análisis inteligente del pasado o del presente. Tampoco permite pronosticar el futuro, señaladamente las crisis. Como observaba críticamente un artículo firmado en 1988 por varios economistas ortodoxos y publicado en el periódico económico ortodoxo por antonomasia: "Ni los actuales especialistas en pronósticos, ni los analistas contemporáneos de series temporales habrían podido predecir las imponentes caídas de producción que siguieron al crac [de 1929]". (3) En otras palabras, no había nada en la caja de herramientas de la teoría económica de la época de la Gran Depresión, ni hay nada en la versión moderna de la teoría económica ortodoxa, que nos permita entender la naturaleza de los desplomes económicos graves y predecirlos. Sin embargo, proliferan las explicaciones de las "causas" de las crisis.

 

Entre otras causas, las estropicios financieros de 2008 han sido atribuidos a las obligaciones hipotecariamente respaldadas, particularmente a las vinculadas con hipotecas sub prime; a la burbuja inmobiliaria, que fue a peor por culpa del préstamo predatorio, temerario en la estimación de riesgos y laxo en los criterios de concesión; a los instrumentos financieros exóticos o derivados, supuestamente diseñados por algún niño prodigio de las matemáticas o de la física en Wall Street, por ejemplo, los créditos de cobertura mutua; a los acontecimientos del 11 de Septiembre de 2001, la posterior invasión norteamericana de Irak y la consiguiente subida del precio del petróleo; a la exuberancia irracional en el mercado de valores, seguida de un mercado bajista; a la continuada reducción de las tasas de descuento por parte de la Reserva Federal y a sus tasas directrices en 2001-2003, yerros del presidente de la Fed, Alan Greenspan, que declaró recientemente sentirse en un "estado de estupefacción e incredulidad" al descubrir que "el interés propio de las instituciones de crédito" podía ser compatible con una "desprotección del valor patrimonial" (4); a la desregulación del sector bancario, particularmente a la Ley de Modernización de los Servicios Financieros de 1999 o Gramm-Leach-Biley Act; a los problemas de liquidez en general; a la falta de confianza en el sistema financiero y el mercado crediticio, etc.,

 

Aunque cualquiera de esas explicaciones "causales", o alguna combinación de varias de ellas, podría resultar plausible y merecer una exploración más fondo, hay que observar que son todas explicaciones dadas luego de los hechos. Ninguno de los economistas que proliferan hoy en los medios de comunicación explicando las causas de los estropicios de 2008 fue capaz de predecir la crisis un año o dos antes. Es verdad que siempre hay un Roger Babson o un Dr. Muerte que predice siete de las pasadas dos recesiones. Pero entre miles de economistas, las probabilidades son que uno o dos acierten a pronosticar algo de cuando en cuando. Sin olvidar, claro está, a quienes desvergonzadamente se avilantaron a predecir cosas tales como "La Gran Depresión de los años 90". Puede que ganaran fama y fortuna en 1990, pero ahora las copias usadas de sus libros se venden en amazon.com  por un centavo.

 

Los pánicos financieros y los desplomes económicos graves no son nada nuevo en la economía capitalista. La historia del sistema económico, desde al menos la época de la economía política clásica, muestra que las crisis monetarias y los "atracones" se repiten con relativa frecuencia. Lo que resulta esperable. Una economía en la que los bienes se producen no para su uso, sino para sacar beneficios, está abocada a los excesos y los atracones, entonces y ahora. Además, en un sistema económico en el que la conducta consumista se considera una virtud y en el que se acepta como un bien la codicia, es de esperar la incesante creación de nuevos y exóticos instrumentos financieros que permitan estafarse unos a otros en Wall Street –como antes en Lombard Street— . También son de esperar los persistentes e ingeniosos intentos de los prestamistas y de los industriales para evitar nuevas regulaciones y eludir las existentes. Además, en una economía en la que el sustento de las masas depende de los caprichos y los deseos de los capitanes de la industria y de las finanzas, hay que esperar que se recurra a esas mismas masas para que acudan en "rescate" de los magnates cuando éstos se hallan en aprietos. Tales medidas, como dijo el presidente Bush en su discurso económico del 14 de Octubre de 2008, "no están concebidas para hacerse con el control del libre mercado, sino para preservarlo". Todo eso es de esperar. Lo que no es de esperar es la capacidad para predecir exactamente cuándo esta bestia dormida se despertará para dar sus característicos zarpazos y sacudidas. No disponemos de un edificio teórico que nos permita pronósticos de ese tipo. Quienes con la mayor confianza proceden a explicar las causas de las crisis, como quienes, post mortem, explicaban con certidumbre dignas de mejor causa las causas de la Gran Depresión, son probablemente quienes menos entienden la naturaleza de la bestia.

 

 

En lo que a mí hace, felizmente, la entrevista que tenían que hacerme sobre  "la o las causas de la actual crisis financiera" tuvo que ser aplazada por "dificultades técnicas". Mis respuestas no habrían sido, con toda probabilidad, las que el entrevistador esperaba escuchar.

NOTAS: [1] "The Role of Monetary Policy," Milton Friedman, The American Economic Review, Vol. 58, No. 1 (Marzo, 1968), pp. 1-17.  [2] Una version ampliada y actualizada del libro apareció en 1998.  [3] "Forecasting the Depression: Harvard versus Yale," Kathryn M. Dominguez, Ray C. Fair and Matthew D. Shapiro, The American Economic Review, Vol. 78, No. 4 (Septiembre, 1988), pp. 595-612.    [4] "Greenspan Concedes Flaws In Deregulatory Approach," The New York Times, 24 de Octubre, 2008.
Sasan Fayazmanesh es profesor de economía en la Universidad del Estado de California en  Fresno.

Traducción para www.sinpermiso.info: Mínima Estrella

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publicado por codigo430 às 01:30
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